Hay días en los que una canción...
... como es "No me gusta el Rap" de Joaquín Sabina te parece un canto al optimismo y a la buena ventura.
Estoy convencido de que no hay figura más entrañable y popular en este pais que la del repartidor del butano, con su mono de Repsol y su palillo en la boca. Solamente por lo que pesan las bombonas sientes simpatía por aquellos sufridos currantes que te las suben hasta casa como quien sube un cartón de tomate Orlando.
Pero resulta que, por azares de la vida, la compañía que sirve a mi barrio (Solgas DGSL sita en Leganés) no reparte bombonas por la tarde ni los fines de semana. Es decir, que mi horario de trabajo y el del butanero no coinciden de ninguna de las maneras.
Consciente de ese hecho, y dado que llevo desde fin de año sin gas, decidí cogerme esas cuatro horas que tenemos al mes los trabajadores del estado para papeleos y gestiones generales, y lanzarme de lleno a la caza de un camión que cada vez viene a una hora distinta y para en una calle distinta.
Al final, y tras recorrerme las calles inmediatas dos veces, consigo localizar el camión de Repsol en el único lugar de mi calle que no puedo ver desde mi casa; espero diez minutos a que aparezca el butanero, y acto seguido me entero de que no me puede dar ninguna botella porque está todo vendido. "¿Por qué no has llamado para encargarla?", me espeta. Si el tiempo se hubiese detenido en ese instante y alguien hubiera podido hacer una radiografía a mi alma, habría encontrado singulares parecidos con una del alma de Darth Vader cuando este dice "Disculpa aceptada, capitán Needa". Creo que nunca había experimentado un deseo tan fuerte de retorcerle el pescuezo a nadie.
Ante lo cual, después de ver al camión desaparecer detrás de una esquina, me he quedado mirando al vacío un número indeterminado de minutos, y cuando he conseguido calmarme me he puesto a andar hacia la gasolinera que hay en el Alto de Extremadura, con la esperanza de que tuvieran allí bombonas de butano, aunque fuesen más pequeñas. Ha habido suerte y, gracias al amable dependiente y a 25 euros del nuevo contrato (por el envase), he conseguido llevarme una bombona. Pero cuando estoy saliendo con ella al hombro una voz me llega desde atrás: "Tendrás coche, ¿verdad?". Me giro y le digo que no, que he venido andando. Entonces el dependiente pone cara de preocupación y, señalando a mi hombro, me revela que es poco probable que me dejen subir eso a un transporte público. ¡Maldita sea mi estampa! Si es que esto de que no me dijeran nunca los resultados de los test de inteligencia que hice en el colegio va a ser por algo...
La cámara situada en una farola del Paseo de Extremadura baja lentamente y se centra en una figura embozada en un abrigo de cuero hasta los pies que avanza trabajosamente por la calle, intentando mantener el equilibrio entre abuelas con bolsas y carritos de la compra y perritos chiuaua embozados en horrendas fundas de ganchillo. Lleva un sombrero negro, incómodamente ladeado de una forma muy poco elegante y cara de pocos amigos; la razón de ambas cosas es que lleva una bombona naranja al hombro. Algunos se vuelven a mirarle, con más o menos disimulo. La figura mira hacia adelante. Sabe que nunca pasará a la historia por su capacidad para pasar desapercibido entre la multitud.
Nuestro héroe (por referirnos a él de alguna manera) cruza la calle y se interna en los callejones del Alto de Extremadura en busca de un poco de tranquilidad. Tuerce la primera esquina a la izquierda y cinco pasos después es dolorosamente consciente de la existencia de un agujero en la suela de su zapato cuando el interior de éste se le inunda de agua al pisar un charco.
Consigue llegar a la puerta de su casa sin más incidentes. Descarga del hombro la bombona, respira y mira el reloj: se le ha hecho muy tarde y hay bastante curro pendiente. Echa un vistazo rápido al Emule, lo justo para darse cuenta de que no ha descargado nada desde anoche. Maldice y desactiva el firewall. Hoy tampoco podrá llevarle a Tindriel lo que le había prometido. Sale a la calle, hace un alto en una tienda para comprarse un fuet y se dirige hacia el metro. El metro tarda y el fuet sabe a rayos. Ah, que maravilloso día. Y sólo son las doce y media.
Salto temporal y la cámara se para en el tejado del Centro de Proceso de Datos de la UCM. Justo está nuestro héroe llegando a la puerta cuando se para y saca su teléfono celular. Es su padre, para informarle de que todo va bien, y de que no puede enviar correo ni abrir adjuntos desde que formateó el equipo, que si puede echarle un cable. Después de colgar, cierra su maravilloso y desconchado teléfono móvil Sony Ericsson Z600 con tan mala suerte que se le cae al suelo y lo pisa por error. Pasan cinco largos segundos en los que la figura mira hacia el suelo y la secretaría le mira, perpleja y un poco asustada.
Fundido en negro.
lunes, enero 17, 2005
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